Izquierdo y luego derecho.
"¡OH MEU DEUS! ¡QUE FRÍVOLOS HAN DE SER USTEDES AL PENSAR QUE LA HUMANIDAD ESTA PERDIDA! ¡OH MY GOD! SOLAMENTE POR LA FALTA DE PEBETES CORREDORES EN LAS CALLES CUANDO NO ES LA CULPA DE NADIE SI NO QUE LA NUESTRA ¡OH MEIN GOTT! ¡OH MON DIEU! SER USTEDES." Rodriguez no era de maldecir, mucho menos de decir improperios a la cara, y menos que cero, a decírselos a completos extraños. Bastón en mano, boina aferrada y puño en alto, el gran humano viejo gritaba a un par de treintañeros que pasaban por su vereda. Rodriguez, su nombre artístico ya que el de pila era desconocido a los civiles -que, por cierto, era Rogelio-, tenia algo en claro y era que el correr de los tiempos nos hacen cambiar y hacen de las cosas incomparables, pero similares. Se sentaba todos los domingos en la puerta de su casa, junto a una taza de café desesperado y moreno, su diario recién traído por el diariero y, a veces, una que otra tostada con manteca. Con el pasar de los años, ...